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29 de junio de 2017

Cada NOMBRE tiene su "historia"






Mi nombre es  Isabel ¿y el tuyo?

Pero, me llaman "Chela" ¿y a ti?



Los nombres personales.


No es por casualidad que a las personas se les registre y aplique  un determinado nombre y no es infrecuente, que luego sean conocidas por otro distinto, como apodo, mote o sobrenombre, y, en las actuales y frecuentes relaciones virtuales y digitales,  por un "nick" (abreviatura de la palabra inglesa "nickname"), equivalen a "alias",  o un  seudónimo, si ello viene motivado por la intención  de ocultar la verdadera identidad, aunque esto es más frecuente en personas del  mundo artístico y literario.

En cuanto a la onomástica, arte o forma en que asignamos nombres personales para diferenciarnos e identificarnos individualmente  en los grupos de pertenencia, existe una larga tradición que se expande y modifica en el tiempo y en el espacio, vinculándose con ideologías, creencias religiosas, costumbres, formas de vida, lugares de nacimiento o de procedencia,  clanes, familias, rasgos o peculiaridades personales... 

En Galicia, todavía puede constatarse en la lectura de las esquelas funerarias, (ahora ya no tanto) una costumbre hasta hace poco muy extendida, sobre todo en el medio rural, de conocer a las personas más que por el nombre propio por motes, apodos o sobrenombres, de todo tipo, vinculados a sus características físicas, oficios, nombre del padre o de la madre, nombre de la casa familiar, del lugar, etc. como por ejemplo,   Pepe "o ferreiro" (el herrero), Manolo "o coxo" (el cojo),  Josefa "de Nicasio (nombre del padre) do muiño" (del molino),  María "da chousa" (lugar, monte cerrado y acotado),  etc. A veces  enlazan unos apodos con otros, para reconocer al fallecido/a : Pepiño "da ponte baixa" (del puente bajo), viudo de Carmiña " das pereiras" (terreno de perales ), etc. etc. Hubo un tiempo que yo recortaba y guardaba esquelas porque eran francamente curiosas, algunas incluso cómicas, como para recopilar en un libro, claro que luego habría que falsearlas para no faltar al respeto a los  fallecidos y  familiares, con lo cual al no ser los apodos auténticos ya no serian ciertamente interesantes. 


Mi nombre y sobrenombre. ¿Por qué me llaman "Chela"?


Mi nombre "de pila", es decir de bautismo católico, y de Registro Civil, es Isabel, o mejor dicho María Isabel.  En la época de mi nacimiento  era muy frecuente poner a los primeros hijos  el nombre de la madre o el padre, según fuera hembra o varón, y por eso a mi me pusieron Isabel, como  mi madre, y a mi hermano, Andrés Manuel como  mi padre y abuelo paterno. Entonces era también costumbre, entre las familias católicas poner a las niñas un nombre bajo alguna advocación de la Virgen o anteponer María a cualquier otro nombre elegido, como me lo antepusieron a mi. 

Ni mi familia ni nadie me llamó nunca María Isabel. Mi hermano y yo, como ocurría a mis primos los que llevaban igual nombre que sus padres, pasamos a ser identificados con un diminutivo: "Isabelita", Andresito, Ricardito, Luisita, Pedrito, Merceditas, Amadeito, Abelardito, Rafaelito, Manolito... 

 

A esta edad aún era  "Isabelita"

















¡Hasta que fui al colegio y opté por la rebeldía!

Quería que me llamaran Isabel, ¡nada de diminutivos!




Pero en el colegio infantil no logré que me llamarán Isabel, porque mi madre y sus cinco hermanas eran muy conocidas en Ferrol (mi ciudad natal) y para los adultos yo era "Isabelita Nores", la hija de mi madre, una niña de "las de Nores", saltándose el apellido de mi progenitor, sin mala intención,por supuesto.

Por las tardes mi madre y mis tías (incluidas las políticas) se reunían siempre en casa de mi abuela, haciendo labores y tertulia, mientras los niños jugábamos en el jardín, hasta la hora de regresar a nuestras respectivas casas. Siempre había un rato de diálogo intergeneracional, para amonestarnos o elogiarnos, preguntarnos por los deberes, darnos consejos, y también prodigarnos besos y caricias, cuando no algún merecido  castigo. Ante aquella especie de parlamento o senado femenino, yo planteaba también mis interrogantes y protestas. Algunas quedaron siempre grabadas en mi memoria, como la que ahora  relato.

- Voy a pediros una cosa, dije dirigiéndome al "senado". No quiero que me llaméis Isabelita, quiero que me llaméis Isabel.

- Eso no puede ser, porque Isabel se lo llamamos a tu madre y si te lo decimos también a ti  os vamos a confundir cuando hablemos de vosotras u os llamemos.

- Pues entonces me cambiáis el nombre.

- Eso no puede ser. Ya estás bautizada y registrada.

- ¿Y que? Pues pedimos que me lo cambien.

- No puede ser. Los nombres no pueden cambiarse (cosas de entonces).

- Pues a mi no me llaméis Isabelita. No quiero y no quiero, no voy a contestaros cuando me   llaméis. Respondía enfadada, ante la falta de alternativa 

Y así un rato de discusión bizantina. Yo "erre que erre" en mi obstinación. No admitía  un diminutivo por nombre. Reclamaba mi propia identidad.

Una de mis tías, ocurrente y bromista, empezó, en plan "conciliador",  a sugerirme nombres... 

- ¿Que te parece si te llamamos Petronila?

- No me gusta.

- ¿Y Melchora? Tu has nacido el día de Reyes...

- Es muy feo.

- Pues Clementina.

- Tampoco me gusta.

El diálogo se alargaba, con la tomadura de pelo de mis tías, proponiéndome nombres  a cada cual más raro y feo,  mientras mi enfado iba en aumento al igual que mi fijación en cambiar de nombre, hasta que mi madre dijo.

- ¿Que te parece Chelo?

- Ya hay otra niña en el colegio que se llama Chelo porque su nombre es Consuelo, y yo no me llamo Consuelo.

- Pues entonces tu podrías llamarte Chela,  dijo mi madre en un tono amable dispuesta a ganar terreno y zanjar mi obstinación. Mis tías lo captaron y, cómplices, añadieron que les parecía un nombre muy bonito,  original, que no lo tenia nadie  y que así seria distinta a mi madre,  tías,  primas y  niñas del colegio.

Lo que no recuerdo es si acepté de buen grado puesto que yo quería cambiarlo de verdad donde se registraban los nombres. Lo que si sucedió, calculo que con el sentido de humor que tenían mis tías, fue que desde ese mismo día  empezaron a llamarme Chela.


¿Cómo utilicé  y utilizaron mis nombres?


Isabel Grandal.  Usé y "recuperé" el apellido de mi padre cuando me matriculé y estudié Peritaje Mercantil (entonces ya me sentía mayor  aunque era todavía una adolescente). Lo mismo al salir de Ferrol para estudiar Trabajo Social en Santiago de Compostela. En toda mi vida profesional y diferentes ciudades  y ambientes en los que viví fui Isabel Grandal. Igualmente cuando volví a la Universidad para estudiar Ciencias de la EducaciónPara mi un nombre cómodo y con el que   siempre me sentí identificada. 

María Isabel Grandal Nores. Lo uso solamente en documentos oficiales y publicaciones, aunque en algunas de estas he puesto  María en abreviatura.

María " a secas". Así me llamaban, durante los meses que estuve en Minnesota (USA) disfrutando una beca Fulbright, en 1978. A los americanos les gustaba llamarme María, les sonaba muy español y además no acostumbraban a hacer uso de los nombres compuestos, optando siempre por el primero en caso de haber más de uno. 


Chela me llamaron siempre en el ámbito  exclusivamente familiar,  hasta 2007, fecha del inicio de mi blog. Elegí Chela como "nick". con solo la foto del perfil  y el nombre de Chela me proponía ser reconocida solo por mi familia y allegados, no teniendo el resto de seguidores información sobre mi identidad. No ha sido hasta este año, después de diez con el blog, y de abrir una cuenta en Facebook, con mi nombre y apellidos, que decidí salir del anonimato. Incluso hasta hace poco he evitado hablar de mis lugares de trabajo, estudios y docencia para no identificarme, queriendo hacer del blog, un espacio distinto, donde ser yo misma, sin referencias que me condicionasen. Ahora ya no me importa. El pasado se desvanece y mis recuerdos creo que  no interesan a casi nadie pero es también ahora cuando intento recuperarlos del olvido. Por eso pongo  en este post una foto de cuando me jubilé (2007), de la que tomé, recortándola, foto para mi perfil de "Jubilada Jubilosa" y que no publiqué al inaugurar el blog para  no facilitar datos de mi  identidad. Hoy día ya todo el mundo se conoce en el ciberespacio.


Chela, mi sobrenombre familiar, ha ganado adeptos en  los últimos años. En el ámbito bloguero, sobre todo con mi incorporación a "Coruña Bloggers", donde me hice visible, igual que el resto de participantes, desde sus comienzos,  (antes lo fui en el extinguido grupo "CoruBlogs"). Otro ambiente propicio ha sido el de la Universidad Senior de A Coruña, desde 2011. Allí acuden también dos primas mías y muchos compañeros/as al oír que me llaman Chela, usan también este nombre para dirigirse a mi.

Chela, ha pasado de ser un nombre exclusivamente familiar, querido, entrañable, que evoca a mi madre, a mis tías e infancia, a convertirse también en un nombre popular en los ambientes de blogueros  y senior. Me agrada, es como si hubiera ampliado el circulo familiar, algo que me resulta gratificante ante la ausencia de hermanos, pareja y descendientes directos. 

Pero también me gusta que me llamen Isabel, mi verdadero nombre, con el que me he relacionado profesionalmente como Isabel Grandal, durante 42 años de vida laboral en el campo de los Servicios Sociales y de la docencia a profesionales del sector.

Esta es la "historia" de mi nombre y sobrenombre. Ahora sabéis algo más de mi.


*   *   *



11 de junio de 2017

La Voz de Galicia, Entrevista hecha por la periodista Loreto Silvoso.





Foto de C. Quian

Enlace a la página del diario digital de "La Voz de Galicia". 11/06/2017





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